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Me levanté de la cama. Era viernes. Pero no era un viernes normal. Iba a realizar mi primera incursión en País Vasco, a pesar de tener buenos amigos en la zona. El txangurro, el txakolí y el vermut me esperaban en Bilbao. Cerré el ordenador, cogí la maleta y me dispuse a hacer toda esta ingente lista de cosas que os narro a continuación y que se resume en dos actividades básicas: COMER Y BEBER.

VIERNES

16:00  Abro la puerta del coche. Mis amigos ya tienen el cinturón puesto. Cuatro horas de viaje por delante desde la madrileña Ronda de Atocha: alegría y la clásica discusión sobre rutas y peajes. ¡La culpa de lo que sea, por supuesto, de Siri!

20:00 Se divisa el monte Artxanda, indicativo de que estamos acercándonos al destino final. Aparcamos y caminamos hasta el alojamiento: un modesto hostal ubicado en el meollo del “Casco” (como los locales denominan el casco antiguo de la urbe).

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21:00 Tras una ducha, mis acompañantes y yo estamos listos para patrullar la ciudad. Sorprende la buena temperatura y la ausencia de lluvia. Aprovecho para repasar mentalmente tres básicos: la caña se llama zurito, el vermut mejor “preparado” –con un poquito de ginebra y otros espirituosos que desconozco- y los pintxos fríos mejor consumirlos recién hechos o se irán poniendo“resesos”.

Los amigos vascos nos dan la bienvenida citándonos en la Plaza Nueva. Nos conducen hasta Guri Toke. Comienza lo bueno: pedimos la primera ronda de txakolí. Una aceituna gordal estrangulada por una colosal anchoa y seguida de una piparra me guiña el ojo. Empieza mi “affaire” con los pintxos. Leo en la carta: foie frito con manzana y vieira con no recuerdo qué; alrededor de 3 euros cada uno. Sólo se me ocurre pedirme ambos y otro txakolí..

Proseguimos con otro habitual de la Plaza, con interior señorial y rebanadas de pan con txangurro presidiendo el mostrador: Victor Montes. Donde fueres haz lo que vieres: una de cangrejo y otro un par de blancos de la región.

23:30 Se complica lo de comer  –a partir de las 23:00 se reducen las posibilidades de encontrar restaurantes abiertos- así que sólo nos queda seguir bebiendo. Nos llevan al Modesto, un moderno local de cañas y copas con cierto aire glam y de purpurina. Me envalentono con un vermut preparado. Pienso en pedirle al camarero que lo vigile mientras salgo a fumar un cigarrillo y me doy cuenta de que, ¡en Bilbao se pueden sacar las bebidas a la calle! ¡VIVA!

3:30 Mis compañeros de viaje y yo nos miramos fijamente: ninguno quiere pero va siendo hora de volver al hotel. ¡Hay que conocer la ciudad! (y ya nos conocemos).

 SÁBADO

10:30 Me despierto: resaca nivel 2 sobre 5; nada que un buen paseo y algo saladito no puedan arreglar.

11:15 Camino hasta el cercano Mercado de la Ribera. Me adentro en la planta intermedia de la plaza de abastos, donde desde hace un mes han creado un espacio gastronómico, con puestos de comida propia y ajena  –siempre con un punto delicatesen- muebles de diseño y unas terrazas sobre el río, donde me reúno con mis compañeros de viaje. ¡Hace sol! Decido desayunar café, 3 gildas, un zurito y un pintxo de bacalao a la vizcaína: menos de 10 euros.

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12:30 Ponemos rumbo al Guggenheim dando un  paseíto por la orilla del Nervión.

13:15: Abonamos 10 euros y entramos en el museo. Además de las magnánimas esculturas exteriores, y las instalaciones de Richard Serra en el interior, se exhibe una exposición temporal de Basquiat, discípulo de Warhol y padre del graffiti moderno.

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14:30 ¡Queremos ver el mar! Así que decidimos ir hasta una playa en Sopelana: más txakolí y parrillada de chicharros y sardinas.

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19:00 Vuelta al hotel y siestecita, previa parada en un ultramarinos. ¡Las conservas de chicharros mandan!

21:30 Ducha y vuelta a las andadas. Las croquetas del Txiriboga y la mitad de la carta que nos falta por probar de Gure Toki nos esperan.

24:00 Rumbo a por la primera copa en el bar Ambigú y posterior fiesta en el Café Antxokia, precioso teatro reconvertido a sala de conciertos y discoteca.

6:30 Los amigos vascos nos invitan a tomar la última en su casa. ¿Cómo vas a decir que no?

8:30 Deambulamos hasta el hotel y nos acostamos.

DOMINGO

12:00 ¡Dormir es de cobardes y todavía queda mucho por ver! (Un vermut preparado en el Ander y una buena gilda es lo que necesito. Tal vez dos.) Visitamos el mercadillo de antigüedades de la Plaza Nueva donde se pueden encontrar verdaderas reliquias en materia de discos, libros y filatelia.

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13:00 Callejeamos por el decadente y encantador barrio de San Francisco –donde las txapelas conviven con el olor a curry en aparente armonía-  hasta la noble zona del Ensanche.

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13:30 Llegamos a la Alhóndiga, antiguo almacén de vinos reconvertido a espacio pluridisciplinar por el popular arquitecto Philippe Starck. Hay una exposición de una artista  feminista americana de los 70, Judy Chicago. Decidimos visitarla y es pura psicodelia.

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14:30 Tomamos un vermut en la ostrería  El puertito, un sueño para los amantes de este manjar: francesas, gallegas, irlandesas, holandesas…

15:30  Caemos en La casita de Sabino y, aunque las familias y los cuellos almidonados sugieren una cuenta abultada, el pescado del escaparate invita a rascarse el bolsillo.. Compartimos navajas, almejas, bacalao a la bilbaína y una ensalada de tomate vasco que ríase del raff, todo regado con txakolí. Toca pagar y salimos a unos 23 euros por barba

17:00 Emprendemos el camino de regreso a Madrid. Vuelta al asfalto. Mañana toca oficina de nuevo y ¡qué pocas ganas de deshacer la maleta!

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Acerca del autor

Amante de las series de policías y la crónica negra en general. Gallega convencida. Me encantan las nécoras y las aceitunas. Y viajar. Si veis demasiadas tildes, es que a veces la RAE y yo discrepamos.

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