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Lo reconozco, Murcia era para mí una gran desconocida. La he pisado, literal, dos veces por motivos  de trabajo, en viajes exprés que no me han dejado tiempo para el reconocimiento del lugar ni para el esparcimiento viajero. Pero esa deuda se ha saldado (en parte) con este viaje a la singularidad del Mar Menor, sin duda uno de los reclamos más reconocidos de esta tierra, pero no el único. Vaya por delante que tengo en mi lista de pendientes una visita al Parque Regional de Calblanque (con sus playas vírgenes), al de Sierra Espuña (destino sostenible reconocido por la UE) y a las ruinas romanas de Cartagena (sobran los motivos).

Pero vayamos a lo que nos ocupa: qué ver en el Mar Menor. Una ruta, cortesía del Instituto de Turismo de la Región de Murcia y Destinia, que podréis hacer sin agobios en una visita de fin de semana (48h) a este rincón costero de la península que constituye la mayor laguna de agua salada de Europa, separada por un brazo de tierra –la Manga– de las aguas azules del Mediterráneo. El programa del primer día es intenso pero merece la pena. Prometo que no os va a dar tiempo a aburriros.

Flamencos y salinas

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Flamencos en el Parque Regional Salinas de San Pedro. Foto de Javier Hernández.

Sí, como lo oyes. Aquí vive permanente una comunidad de unos 300 flamencos todo el año (familia que aumenta en junio cuando se produce la migración hacia África). ¿Aquí, dónde?, te preguntaras. Arrancamos la expedición #MiMarMenorconDestinia en el  Parque Regional de las Salinas de San Pedro, entre los municipios de San Pedro del Pinatar y San Javier, en la parte más septentrional del Mar Menor, al límite ya con Alicante. Un humedal protegido que alberga todo un microcosmos que te sorprenderá por sus contrastes. ¿Sabías que los flamencos se vuelven rosas por comer una bacteria que hay en el agua?

Deja el coche en cualquiera de los aparcamientos disponibles y prepárate para recorrer, andando o en bici, esta especie de península bañada por las aguas del Mar Mayor a un lado –como los murcianos denominan con cariño al Mediterráneo– y las del Mar Menor, al otro. En total, ocho kilómetros de playas naturales.

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Playa de Torre Derribada. Foto: Hermes.

De un lado la Charca del Cotillero, ideal para la observación de aves, y las largas playas de Torre Derribada, La Llana y Mojón, con sus dunas y arenales y ese paisaje agreste mediterráneo de flora baja. Otra curiosidad más: cuando veas la arena cubierta de una especie de bolitas marrones secas no te asustes, son restos de posidonia,  todo un tesoro natural y un buen termómetro de la salud de esa playa.

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Salinas. Foto: Hermes.

Del otro, cara al Mar Menor, unas salinas cuya explotación se remonta a tiempos pretéritos y que hoy todavía siguen a pleno rendimiento, como lo atestiguan las montañas blancas de sal, tan blancas que te podrían cegar, que se siluetean contra el horizonte. Si nunca has visto ninguna, alucinarás con cómo el agua va cambiado de color de una charca a otra, desde las almacenadoras hasta las cristalizadoras, donde el agua se vuelve literalmente rosa por el grado de concentración salina.

Baño de lodos

Una forma ideal de rematar la mañana antes de comer es acercarte hasta la Playa de la Mota, dentro del mismo parque regional, para darte un baño… ¡de lodo! Como lo oyes. Se trata de una franja de agua separada del Mar Menor que gracias al calor y la alta salinidad genera estos lodos que hacen la delicia de lugareños y turistas por sus propiedades para la piel y los huesos. Verás que una espuma se agolpa en la orilla, no te alteres que no es lo que piensas sino solo una evidencia de la concentración de sal.

Foto de Javier Hernández

Escoge el muelle de madera que te apetezca y comienza el ritual. Es sencillo: un bañador, un cubo de playa (los encuentras allí mismo)  y muchas ganas de embadurnarte. Para que estos lodos hagan efecto, tienes que dejar secarlos durante una hora y después aclararte otra vez en las mismas aguas y nunca en las del Mar Menor (si lo haces es seguro que algún lugareño te dará una voz).

Parada y fonda: un arroz caldero para reponer fuerzas

Tanto andar, tanto calor y tanto baño para arriba y para abajo desgasta y da hambre. Así que nada mejor que hacer una parada y fonda en un restaurante con las vistas más privilegiadas del lugar: El Rubio 360 (por su mirador con vistas de 360 grados a la playa de Lo Pagán, las salinas y la laguna).

En la carta encontrarás pescados de temporada como doradas, salmonetes y los famosos langostinos del Mar Menor, pero ya que estás aquí lo suyo es probar un arroz caldero, oscuro, denso y concentrado de sabor. Se sirve con alioli y aparte, el pescado de roca con el que se ha hecho ese caldo que le da color y sabor. Este plato es una muestra cómo un plato tradicional marinero, comida de pobres que dirían antes, ha ganado categoría y reconocimiento gracias al auge de esa cocina que reivindica una vuelta a lo tradicional. Todo servido con un trato cercano y familiar.

Aprendiz de capitán de mar

Foto de Javier Hernández.

Llega la hora de la digestión, pero en lugar de irnos a la siesta optamos por un plan alternativo y relajante, pero mucho más intenso que tumbarse a pierna suelta. Nos vamos a navegar en un velero, de la mano de uno de los instructores de Centro de Actividades Náuticas SeaWord Pinatar.

Allí nos volvemos a poner el bañador y un chaleco y empieza la clase, donde un instructor muy simpático llamado Alberto nos enseña a armar el barco, levar las velas (mayor y de foque), a distinguir la proa (donde está el timón) de la popa y a hacer –bueno es un decir– unos cuentos nudos (marineros, as de guía, corredizo…). Todo listo para lanzamos a surcar las tranquilas aguas del Mar Menor, dispuestos a cazar el viento. Apunta: si ves que la vela tiembla (flamea) es que tienes que tensar un poco y corregir el timón  hasta tener el viento más favorable.

Flotando en medio de la laguna notarás cómo te embarga una sensación de paz. El cuerpo se olvida del estrés acumulado con los pies a remojo y la mirada perdida en el horizonte. Desde aquí se contempla el perfil urbano de La Manga (nuestro destino de mañana) y las Encañizadas, la principal gola (canal) del Mar Menor con el Mediterráneo y un testigo vivo de la historia. Estas construcciones de caña representan la pesca como lo hacían los antiguos romanos y son las únicas que quedan en uso en el mundo.

A dormir

Otra vez en tierra es el momento ideal de pasear por la zona a la espera de la puesta de sol sentado en una terraza –si alguien sigue teniendo fuerzas, puede recorrerse por la ribera los cuatro kilómetros que distan hasta el Molino Calcetera, desde donde las vistas son espectaculares–.

Ahora toca recogerse a descansar y a nosotros lo haremos con todo lujo de comodidades en el Hotel La Torre Gol Resort Spa, un complejo de lujo en el interior, rodeado de campos de golf, donde no echarás de menos no ver el mar. Aquí, nos espera la cocina creativa (en su técnica y presentación) del chef Tony Pérez, capaz de sorprender al paladar con un pulpo frito con crema de yuca y mermelada de fruta, un tartar de atún con guacamole y mango o un ravioli de cordero y salsa tamarindo. Y con un brindis decimos hasta mañana que nos esperan otras 24 horas más de la expedición #MiMarMenorconDestinia.

Foto de portada de Javier Hernández.

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Acerca del autor

No tengo alas pero me ecantaría. Contadora de historias, me gusta viajar no solo con la maleta sino con las palabras. Hago lo posible para tener los pies en el suelo y la mirada en el cielo. Soñar es gratis, divertido y gratificante.

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